sábado, 9 de julio de 2016

La Conexión

Ya quedaban muy pocos hombres en la aldea, la edad requerida para intentar matar al dragón había bajado de más de 21 a 21, 18 a 16, y ahora sólo había un par chicos de 15 años, gemelos.
Alan y Joe eran gemelos monocigóticos, muy raro después de la práctica de concebir a toda costa que tuvieron algunas mujeres a inicios de siglo.
El procedimiento consistía en extraer óvulos del aparato reproductor de la madre e inseminarlos con esperma ya sea de su pareja o de otro, se lograba tener varios embriones capaces de convertirse en un ser humano. Es por eso que había muchos hermanos nacidos el mismo día pero completamente diferentes uno del otro. Con los chicos no sucedió así, tenían antecedentes de gemelos, lejanos e improbables, ya que su bisabuelo fue el número 11 de 12 hijos, él y su hermano fueron los gemelos.

Con ellos pasó algo parecido, sus padres primero no querían, después no podían, luego trataron a toda costa de concebir, teniendo varios abortos, uno, dos, tres, cuatro, el quinto se logró, pero murió a las pocas semanas, y así siguieron sus papás, con embarazos múltiples incluso, hasta llegar a una edad muy avanzada para concebir un bebé sano, los 50 años.

Al saber que de nuevo estaba embarazada la mujer dejó en el acto sus ocupaciones y se echó en la cama. Durante ocho meses estuvo indispuesta, más que dispuesta a “dar a luz”, como se decía antes.
El día que nacieron su madre estaba con los músculos atrofiados, sin fuerzas para pararse, sumida en una depresión, preguntándose si valdría la pena tanto dar para recibir el llanto de un bebé. No sabía que serían dos y que ni siquiera llegaría a oír el llanto, su corazón se paró antes.

El padre tampoco esperaba dos, aunque tantas promesas incumplidas le dieron la oportunidad de ahorrar y tener con qué responder tanto a los gastos del funeral como a las demandas de dos jovencitos que sabría Dios cuánto durarían…

El tiempo pasó, alrededor de cinco años después de la muerte de su mujer llegó el dragón. Sus demandas de sangre fresca eran escuchadas solo por los ancianos, que le comunicaban a toda la comunidad que alguien debía sacrificarse para que el dragón estuviera tranquilo. El pensamiento que cundía, empero, era que lo derrotarían y se acabaría el terror.

Primero llegaban a proponerse a sí mismos caballeros que pintaban ya canas, que tenían hijos y nietos, pero el dragón siempre los vencía.
Después los hijos honraban a sus padres postulándose a esa suerte, la de ser devorado o descuartizado, no lo sabían, nadie había sobrevivido para contar cómo era realmente el dragón, cuál era su punto débil, cuánto duraría esa terrible prueba.

A continuación se vio a muchachos que estaban ya preparados para hacer vida de pareja, con ilusiones y novia, con casa o proyecto de casa y de vida; uno a uno fueron siendo derrotados por el monstruo que en ningún momento mostró simpatía, piedad, para con sus víctimas, lo único que tenían claro era que mientras ese ser estuviera en las afueras del pueblo, en esa cueva que escogió para hogar, nadie podría continuar su vida.

Cayeron gallardos jóvenes, llenos de vida y entusiasmo, de salud y planes, todos cayeron, o es lo que suponían en el pueblo, pues no se volvía a saber de ellos.

La opresión de esperar a que el dragón exigiera otro varón era vivida por todo el poblado. Los ancianos que sobrevivieron se hacían más viejos y no había ya reemplazos, se habían acabado los jóvenes también, lo único que quedaba en el pueblo eran ancianas, jóvenes mujeres y madres de críos, solas.

Alan, con 15 años, casi 16, se levantó una mañana, antes que el sol, su padre había dado ya su sangre al dragón, dejándolos a él y su hermano solos. Sigilosamente se encaminó a las afueras del pueblo, directo a la cueva de esa criatura cruel e insensible, y desapareció.

Cuando Joe se despertó ya era tarde, su hermano ya no estaba con él.
Nunca como ese día había deseado tener esa conexión que solía haber entre ellos dos. No lo sentía, era como si nunca hubiera tenido un gemelo.
Aunque adivinó dónde había desaparecido Alan, con el dragón, no había duda, seguían ellos, pero ¿por qué no esperó? ¿Por qué no echaron a la suerte quién iría primero? ¿Por qué su hermano aprovechó esa ventaja de segundos o minutos, que le daban el mote de mayor? O mejor aún, ¿por qué no habían ido juntos?

Joe sentía una pulsación en las sienes, seca, constante, mientras se dirigía también a la cueva, la gente del pueblo trataba de detenerlo, ya era tarde para Alan, y su sacrificio les daría unos meses de descanso, no había para qué tratar de rescatar a su hermano, una vez en la cueva, nadie había vuelto. Nadie.

Joe tuvo que luchar, sudar y sangrar para alejarse de sus queridos conciudadanos. Ellos no entendían el amor entre su hermano y él, no podían comprender, ¿cómo?

Se fue corriendo hasta llegar a la cueva, sintiendo que la fiebre le consumía, que la sed no le permitiría seguir caminando y que todo el esfuerzo por zafarse del pueblo le pasaba factura, se sentía desmayar.
No logró entrar a la cueva, antes un velo oscuro y frío le cubrió y sintió un fuerte golpe en la cabeza, no supo más.

Tanto Alan como Joe sufrieron esa fiebre violenta, sólo que Alan pronto pasó a sentir frío en todo su cuerpo, después calor en ciertas áreas, sentía que sus pulmones estallarían, que su garganta, llena de pus, no dejaría de doler nunca, que cada articulación estaba atrofiada, que tal vez nunca volviera a volar. ¿Qué, volar?
Las últimas horas volvieron a su cabeza como un hielo: había entrado en la cueva, matado al dragón con su espada y al encaminarse hacia la salida de la guarida, su cabeza empezó a dolerle increíblemente, y sintió esa dolorosa transformación, de humano a dragón. El dragón fue siempre abatido, para después resurgir de la carne del caballero vencedor en turno.
Ahora sentía hambre, sueño, sed, ganas de matar, indolencia por los escuálidos humanos que le alimentaban, ahora sabía lo que era realmente tener poder. Sin siquiera haber matado a alguien, la posibilidad de recibir en unos meses otro hombre para quemarlo con su aliento, le tranquilizaba y le permitía dejar de lado su impaciencia. Lo “peor” que podría pasar era que el héroe lo derrotara y que una vez muerto, él resurgiera de la carne, la sangre, los huesos y tendones del humano vencedor.
¿Qué hechicero había ideado esta carrera?
¿A quién tendría que agradecer tal fuerza, tal dominio, ser ahora tan poderoso?

Joe por su parte también había sobrevivido a la transformación, pero no tan radical como su hermano.
Era evidente que había crecido, 20 centímetros al menos, se le habían caído varias muelas, ahora una barba poblada cubría sus mejillas, sus uñas parecían garras, estaban crecidas y filosas, sus músculos estaban hiperextendidos, como si hubiera hecho ejercicio extremo durante varios meses.

Su ropa estaba hecha girones y difícilmente podía decirse que le quedaba. Había crecido hasta convertirse, al menos en apariencia, en un adulto.

¿Cómo era posible? Crecer duele, había oído a su papá decir cuando se les caía un diente de leche, con algo de sangre y cierto dolor, ¿a esto se refería? ¿Que le había pasado a su hermano? ¿Cuánto tiempo había estado tirado viviendo esa transformación? El paisaje estaba igual que cuando se desmayó, así que posiblemente no hubieran pasado más que días.

Una vez que pudo incorporarse se dirigió al arroyo más cercano, bebió lo que le pareció una eternidad, hasta que sintió haberse saciado, buscó algo que comer entre los arbustos y árboles cercanos, solo encontró mezquites, que aunque siempre le había gustado su sabor agrio y dulce a la vez, no dejó de sentir hambre.

Pronto olió algo, algo que nunca había olido, era un animal que irremediablemente caería entre sus manos, las cuales se cerrarían en su cuello frágil y del cual comería, lo supo al instante. No era que jamás hubiera olido o siquiera comido un conejo, era su capacidad para sentir a su presa, para matar, destazar, se había convertido rapidamente en un cazador.

Muy lejos quedó el sueño que antes había atesorado, sobre construir junto con su hermano grandes edificios que desafiaran las probabilidades de sostenerse en acantilados y barrancos, ahora solo quería dos cosas: cazar y a su hermano.
Así de sencillo, cazar para vivir, vivir para cazar, no depender de nadie, tener todo en un fusil o una caña de pescar, intercambiar sus presas por verduras, sería una buena vida... si solo su hermano compartiera su nueva filosofía.

Pero ¿y Alan? ¡Seguía en la cueva! De golpe recordó el sacrificio que había hecho su hermano al no discutir sobre quién iría con el monstruo, y empezó a correr en dirección de la guarida; pronto llegó al umbral y se paró en seco, caminó unos pasos para acostumbrarse a la oscuridad, y avanzó.

Lo que Joe encontró en la cueva le erizaba los bellos: había decenas de cuerpos, en descomposición, a algunos los recordaba, encontró incluso a su padre, pero no vio a su hermano muerto, una loca esperanza lo envolvió, “si no está en esta pila de sacrificio, entonces está vivo”.

Mientras rebuscaba entre los cadáveres apilados, escuchó una respiración agitada que se dirigía hacia él. Dejó de hacer ruido, de moverse, y escuchó. Pronto las dos respiraciones se hicieron una y Joe comprendió que se había vuelto la presa del dragón.
Solo movió los ojos, hacia los cuerpos, y se pudo percatar de que no presentaban múltiples heridas, tal vez una sola herida de espada, más bien sus cuerpos yacían ¿desinflados?
Claramente escuchó que el dragón inició su cacería, al mismo tiempo él comenzó su huida.

Durante cinco días el dragón Alan asechó y el cazador Joe esquivó, ambos estaban débiles, hambrientos, cansados, somnolientos; días en los que Joe pudo constatar que tenía algunas de las habilidades del dragón, y otras recién adquiridas propias de un experimentado cazador adulto.

¿Esas habilidades le permitirían sobrevivir al animal? Definitivamente no deseaba matar a su hermano ni morir bajo sus garras. Aunque los escondites seguros empezaban a escasear, también la sed se hacía más intensa y el hambre cada vez mayor y más debilitante.

Llegó finalmente el día en que la presa permitió ser cazada, Joe dejó que Alan lo atrapara, solo para dejarle caer una cuerda alrededor de su enorme cuello, y empezó a asfixiar al animal. Ya sin oxígeno, Alan perdió el conocimiento, Joe aprovechó para terminar de atraparlo entre todas las sogas y cadenas que encontró en la cueva, después corrió a la salida, provocó un derrumbe desde lo alto de la cueva, y dejó atrapada a la fiera… pero no se marchó.

Mientras reconocía de nuevo la zona, tomó agua, buscó qué comer y dónde refugiarse en la noche, pero decidió no abandonar a su hermano, no en esas condiciones, ni permitir que nadie volviera a sacrificar su vida para derrotarlo.

Así estuvo día y noche durante semanas. Los lugareños empezaron a buscarlo, y se les hizo una costumbre llevarle de comer y acondicionarle su estadía, con cobijas, trastes, lo que cada quien podía. No mencionaban ni a Alan ni al dragón. Solo Joe había sobrevivido a la transformación y no deseaba que alguien matara a su hermano, o que continuara esa letanía de derrota y vuelta a aterrorizar.

Ya había pasado más del mes, y una mañana escuchó gritos apagados, era Alan, de nuevo humano, que luchaba por escapar de su encierro.
Algo con lo que no contó Joe fue volver a abrir ese agujero. Sin embargo, la gente del pueblo le vio, cuando se dirigían a llevarle sus alimentos y rápidamente se dieron la voz de aviso entre ellos, viejos, viejas, viudas jóvenes, muchachas y niños, solo eso quedaba, y precisamente eso fue lo que le permitió a Alan escapar de su encierro.

Cerca del desmayo, el antes dragón, Alan logró ver el rostro amado de su hermano, y una infinita alegría le invadió, después solo hubo luz y paz.