La jovencita
rebelde que una vez fui se rebelaba al ver a su madre sentada de 5 a 8 p.m. de
lunes a viernes, fumando, viendo novelas, telenovelas, en ese entonces, en el
canal dos de México, Televisa.
Mi
adolescencia empezó a pasar, como pasan ese tipo de defectos relacionados con
la juventud, y encontré en esos momentos de telenovela, la única forma de estar
cerca de mamá. Yo trataba de huir de casa, con muchos compromisos, tareas,
trabajos, ella seguía atorada en casa, viendo novelas, tuve que sentarme a su
lado a verlas, todo el tiempo que pude.
Lo confieso,
mi boca pronta, no daba un respiro a mamá, criticaba, en vez de acompañarla. Lo
lamento. Hoy lamento no haber pasado más tiempo con ella, con lo que podía
darme, y calladita, sin importunarla.
Resultado de
haber sido cuidada por la nana moderna, de haberme pasado muchas horas con la
barra infantil por las tardes, cuando chica, y con la barra de telenovelas de
jovencita, sé algo de argumentos.
Ofelia Medina,
Ludwica Paleta, Gael García Bernal, Ignacio López Tarso, Salma Hayek, los
hermanos Bichir, casi todo el reparto principal de Cuna de Lobos, no sé, hay
muchos actores reconocidos por su talento que se han “rebajado” a hacer “comedias”,
como les decía mi abuelita.
En otras
partes de mundo ocurre lo mismo, son un escaparate fácil para que un actor
permanezca en el gusto del público, para que cual chapulín en tiempos
electorales, pase de un trabajo a otro, para seguir viviendo de lo que le
gusta: actuar.
Ya si su
empeño es grande, como la Hayek o Kate del Castillo, se internacionalizará o
hasta aprenderá a actuar mejor, pero la caja idiota no nos querrá nunca dar
calidad, lo que quiere es tenernos pegados a la pantalla, viendo la producción
y los anuncios. Hay que vender, ese es su objetivo.
Recuerdo una con
Christian Bach y Humberto Zurita, que iniciaba con una pieza de Mozart, o sea
música de la mejor, Héctor Bonilla hizo algo difícil de digerir, complicado (La
casa al final de la calle), no sé cómo le fue de rating. Quien se arriesga, se
arriesgó, al término del experimento espera, y al parecer, decide volverse a
apegar a la formulita mil veces gastada: dama bella, buena, llena de
cualidades, pero sin dinero ni posibilidades sociales, conoce a guapo caballero
rico. Los problemas pueden venir internamente, el joven no está preparado para
asumir la adultez y comete tonterías, como embarazarla, casarse con otra,
blablabla, o pueden surgir del exterior, su amor no puede ser porque pudieran
ser hermanos, porque ella noblemente prefiere que su amiga sea feliz, bla, bla,
bla.
Con una
sonrisa socarrona, como después de haberme comido todo el pastel, confieso mis
últimos dos “pecados” telenoveleros, fueron La fea más bella (me remitió a El
espejo tiene dos caras, una película maravillosa de género), y la extraña LaLola,
comedia de enredos que me fleté en youtube.
Claro está,
nunca diré que las telenovelas contribuyen a elevar el nivel cultural de los
televidentes, pero no creo ser capaz de unirme a un mitin de protesta contra
tanto bodrio. El justo medio: nunca acerqué a mi hija a las telenovelas, sí a
las novelas, ah, y estoy disponible por si quiere pasar tiempo conmigo, punto.





