viernes, 30 de marzo de 2012

2a colaboración de Graciano.


     El texto de la primera lectura menciona el tener inscrito en lo más hondo del corazón la voluntad de Dios.
     Dice el profeta que ya nadie tiene que instruir a nadie, ahí está a nuestra disposición la voluntad divina. Y es entonces que la persona tiene una vida pura, que no está contaminada con otros motivos que no sean el conocimiento y el cumplimiento de la voluntad de Dios.
     Fíjense que eso está dicho en el Salmo, que está escrito en el Antiguo Testamento, en tiempos muy previos a Jesús. Puesto que el hijo de Dios se hizo hombre, los hijos de los hombres nos hacemos hijos de Dios, y por la redención de vida recibimos el perdón de nuestros pecados, “cuando yo les perdone sus pecados y me olvide de ellos”. Esto ya ocurrió, entonces, ¿Por qué nosotros todavía vivimos la realidad del pecado?, ¿por qué nosotros necesitamos la conversión?
     Quizá porque seguimos pensando a la manera del Antiguo Testamento, que tenemos que aprender los mandamientos, reflexionar doctrinas, y cumplir con ese tipo de cosas, cuando en realidad lo que dice Jesús, precisamente el día de hoy, es “el que quiera servirme, que me siga”.
     El seguimiento de Jesús no es una cuestión moral, se va a reflejar en la vida toda de la persona, pero el seguimiento de Jesús es una cuestión existencial, es un permanecer consientes de su vida y obra de salvación sobre mi persona, o sea tomado en cuenta lo que yo conozco de Él si queremos empezar por hacer lo que ya nuestra conciencia y razón nos van dictando, pero bueno, ese sentir a Jesús nos va haciendo cada día más lúcidos, más sabios, más cabales, en la obediencia perfecta a Dios.

     Se dice en el texto de la Segunda Lectura “Jesús aprendió a obedecer padeciendo”, o sea que no padeció para obedecer; como caminando, ir tomando la vida día con día, no es ir aplicando fórmulas, u obedeciendo mandamientos, es ir en la conciencia de que yo sigo al Señor, escuchándolo y poniendo en mi vida, de que yo sé que Él ha puesto en la suya, las actitudes de Jesús, que sean mis actitudes, antes que los actos, que la actitud es la que fundamenta el acto.
     Entonces Jesús no conocía el final de la historia, no tenía certezas absolutas, la única certeza absoluta que Él tenía, era la del amor del Padre. Y fundado en esa certeza “le entraba”, por así decirlo, a todo, buscando cumplir la voluntad del Padre.
Nosotros ya lo tenemos a Él, que nos ilumina con luz de medio día, aún así, por nuestra limitación, no vamos a tener certezas absolutas, pero igual que Jesús, tenemos que aprender obedecer padeciendo. Vamos a tener una serie de ensayos y errores, y una serie de momentos de sufrimiento, pero que nos indican qué es lo que tenemos que obedecer y hacer y cuál es el sentido de esa obediencia, de esta voluntad del Padre exterior que nosotros tenemos por nosotros mismos o por otras personas.

     Hoy la palabra de Dios dice algo sumamente importante: nosotros ya tenemos un corazón puro, un espíritu limpio, libre para cumplir sus mandamientos.
     ¿Qué nos impide vivir conforme esa pureza de corazón y libertad de espíritu para hacer la voluntad de Dios? Probablemente el hecho de que todavía queremos cumplir mandamientos y escuchar recetas. Probablemente porque pensemos que Jesús murió y resucitó y está en las nubes, pero no aquí cerquita, al lado de mí, al calor de mi respiración, indicándome, en el latido de mi corazón, cuáles son las actitudes con las que se conoce la voluntad del Padre.

     No es entonces una conversión, un alejamiento del pecado, eso que tradicionalmente hemos dicho y repetido en una retórica y una fraseología muy clerical: “morir al pecado”. No.
     Jesús no dice muere al pecado, Él dice ódiate a ti mismo, en este sentido: “muere a ti mismo”, significa que no seas tú el que rige tu vida, que le dejes la dirigencia a Jesús.
     Hay muchas cosas que son nuestras convicciones, y que no están mal, pero no son el camino de Jesús. Si decimos “voy a morir al pecado”, como es tradición en la cuaresma, proponiéndonos perdonar, hacer sacrificios… ¡no! Es la vida toda en su transformación (que bien que le costó al Padre Celestial en Cristo y a Cristo por cumplimiento de la voluntad del Padre), es la vida toda, la que tiene que reflejar ese vivir en Cristo.
     No sé si al decir esto, estoy ayudando a que se aclare. Normalmente no se predica así, se le da importancia a lo doctrinal, al mandamiento, a ese especie de control exterior. No es lo que dice Jesús, Él dice “el que quiera servirme, que me siga, para que donde yo esté, ahí esté mi servidumbre, y el que me sirva, será honrado por mi Padre”.

     ¿Hoy qué dice Jesús? Ha llegado la hora de ser glorificado. La gloria de Jesús también es la honra y la gloria del Cristiano (que es de Cristo), pero no cumpliendo mandatos, sino de un seguimiento existencial, y que va haciendo presente en la peculiaridad de mi propio ser persona la actitud de Jesús, entonces aparece mi corazón limpio, mi corazón puro, mi corazón libre, en la absoluta libertad que yo uso para elegir seguir la voluntad del Padre. Hacemos un momento de silencio.

1 comentario:

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