Ya quedaban muy
pocos hombres en la aldea, la edad requerida para intentar matar al
dragón había bajado de más de 21 a 21, 18 a 16, y ahora sólo
había un par chicos de 15 años, gemelos.
Alan y Joe eran
gemelos monocigóticos, muy raro después de la práctica de concebir
a toda costa que tuvieron algunas mujeres a inicios de siglo.
El procedimiento
consistía en extraer óvulos del aparato reproductor de la madre e
inseminarlos con esperma ya sea de su pareja o de otro, se lograba
tener varios embriones capaces de convertirse en un ser humano. Es
por eso que había muchos hermanos nacidos el mismo día pero
completamente diferentes uno del otro. Con los chicos no sucedió
así, tenían antecedentes de gemelos, lejanos e improbables, ya que
su bisabuelo fue el número 11 de 12 hijos, él y su hermano fueron
los gemelos.
Con ellos pasó algo
parecido, sus padres primero no querían, después no podían, luego
trataron a toda costa de concebir, teniendo varios abortos, uno, dos,
tres, cuatro, el quinto se logró, pero murió a las pocas semanas, y
así siguieron sus papás, con embarazos múltiples incluso, hasta
llegar a una edad muy avanzada para concebir un bebé sano, los 50
años.
Al saber que de
nuevo estaba embarazada la mujer dejó en el acto sus ocupaciones y
se echó en la cama. Durante ocho meses estuvo indispuesta, más que
dispuesta a “dar a luz”, como se decía antes.
El día que nacieron
su madre estaba con los músculos atrofiados, sin fuerzas para
pararse, sumida en una depresión, preguntándose si valdría la pena
tanto dar para recibir el llanto de un bebé. No sabía que serían
dos y que ni siquiera llegaría a oír el llanto, su corazón se paró
antes.
El padre tampoco
esperaba dos, aunque tantas promesas incumplidas le dieron la
oportunidad de ahorrar y tener con qué responder tanto a los gastos
del funeral como a las demandas de dos jovencitos que sabría Dios
cuánto durarían…
El tiempo pasó,
alrededor de cinco años después de la muerte de su mujer llegó el
dragón. Sus demandas de sangre fresca eran escuchadas solo por los
ancianos, que le comunicaban a toda la comunidad que alguien debía
sacrificarse para que el dragón estuviera tranquilo. El pensamiento
que cundía, empero, era que lo derrotarían y se acabaría el
terror.
Primero llegaban a
proponerse a sí mismos caballeros que pintaban ya canas, que tenían
hijos y nietos, pero el dragón siempre los vencía.
Después los hijos
honraban a sus padres postulándose a esa suerte, la de ser devorado
o descuartizado, no lo sabían, nadie había sobrevivido para contar
cómo era realmente el dragón, cuál era su punto débil, cuánto
duraría esa terrible prueba.
A continuación se
vio a muchachos que estaban ya preparados para hacer vida de pareja,
con ilusiones y novia, con casa o proyecto de casa y de vida; uno a
uno fueron siendo derrotados por el monstruo que en ningún momento
mostró simpatía, piedad, para con sus víctimas, lo único que
tenían claro era que mientras ese ser estuviera en las afueras del
pueblo, en esa cueva que escogió para hogar, nadie podría continuar
su vida.
Cayeron gallardos
jóvenes, llenos de vida y entusiasmo, de salud y planes, todos
cayeron, o es lo que suponían en el pueblo, pues no se volvía a
saber de ellos.
La opresión de
esperar a que el dragón exigiera otro varón era vivida por todo el
poblado. Los ancianos que sobrevivieron se hacían más viejos y no
había ya reemplazos, se habían acabado los jóvenes también, lo
único que quedaba en el pueblo eran ancianas, jóvenes mujeres y
madres de críos, solas.
Alan, con 15 años,
casi 16, se levantó una mañana, antes que el sol, su padre había
dado ya su sangre al dragón, dejándolos a él y su hermano solos.
Sigilosamente se encaminó a las afueras del pueblo, directo a la
cueva de esa criatura cruel e insensible, y desapareció.
Cuando Joe se
despertó ya era tarde, su hermano ya no estaba con él.
Nunca como ese día
había deseado tener esa conexión que solía haber entre ellos dos.
No lo sentía, era como si nunca hubiera tenido un gemelo.
Aunque adivinó
dónde había desaparecido Alan, con el dragón, no había duda,
seguían ellos, pero ¿por qué no esperó? ¿Por qué no echaron a
la suerte quién iría primero? ¿Por qué su hermano aprovechó esa
ventaja de segundos o minutos, que le daban el mote de mayor? O mejor
aún, ¿por qué no habían ido juntos?
Joe sentía una
pulsación en las sienes, seca, constante, mientras se dirigía
también a la cueva, la gente del pueblo trataba de detenerlo, ya era
tarde para Alan, y su sacrificio les daría unos meses de descanso,
no había para qué tratar de rescatar a su hermano, una vez en la
cueva, nadie había vuelto. Nadie.
Joe tuvo que luchar,
sudar y sangrar para alejarse de sus queridos conciudadanos. Ellos
no entendían el amor entre su hermano y él, no podían comprender,
¿cómo?
Se fue corriendo
hasta llegar a la cueva, sintiendo que la fiebre le consumía, que la
sed no le permitiría seguir caminando y que todo el esfuerzo por
zafarse del pueblo le pasaba factura, se sentía desmayar.
No logró entrar a
la cueva, antes un velo oscuro y frío le cubrió y sintió un fuerte
golpe en la cabeza, no supo más.
Tanto Alan como Joe
sufrieron esa fiebre violenta, sólo que Alan pronto pasó a sentir
frío en todo su cuerpo, después calor en ciertas áreas, sentía
que sus pulmones estallarían, que su garganta, llena de pus, no
dejaría de doler nunca, que cada articulación estaba atrofiada, que
tal vez nunca volviera a volar. ¿Qué, volar?
Las últimas horas
volvieron a su cabeza como un hielo: había entrado en la cueva,
matado al dragón con su espada y al encaminarse hacia la salida de
la guarida, su cabeza empezó a dolerle increíblemente, y sintió
esa dolorosa transformación, de humano a dragón. El dragón fue
siempre abatido, para después resurgir de la carne del caballero
vencedor en turno.
Ahora sentía
hambre, sueño, sed, ganas de matar, indolencia por los escuálidos
humanos que le alimentaban, ahora sabía lo que era realmente tener
poder. Sin siquiera haber matado a alguien, la posibilidad de recibir
en unos meses otro hombre para quemarlo con su aliento, le
tranquilizaba y le permitía dejar de lado su impaciencia. Lo “peor”
que podría pasar era que el héroe lo derrotara y que una vez
muerto, él resurgiera de la carne, la sangre, los huesos y tendones
del humano vencedor.
¿Qué hechicero
había ideado esta carrera?
¿A quién tendría
que agradecer tal fuerza, tal dominio, ser ahora tan poderoso?
Joe por su parte
también había sobrevivido a la transformación, pero no tan radical
como su hermano.
Era evidente que
había crecido, 20 centímetros al menos, se le habían caído varias
muelas, ahora una barba poblada cubría sus mejillas, sus uñas
parecían garras, estaban crecidas y filosas, sus músculos estaban
hiperextendidos, como si hubiera hecho ejercicio extremo durante
varios meses.
Su ropa estaba hecha
girones y difícilmente podía decirse que le quedaba. Había crecido
hasta convertirse, al menos en apariencia, en un adulto.
¿Cómo era posible?
Crecer duele, había oído a su papá decir cuando se les caía un
diente de leche, con algo de sangre y cierto dolor, ¿a esto se
refería? ¿Que le había pasado a su hermano? ¿Cuánto tiempo había
estado tirado viviendo esa transformación? El paisaje estaba igual
que cuando se desmayó, así que posiblemente no hubieran pasado más
que días.
Una vez que pudo
incorporarse se dirigió al arroyo más cercano, bebió lo que le
pareció una eternidad, hasta que sintió haberse saciado, buscó
algo que comer entre los arbustos y árboles cercanos, solo encontró
mezquites, que aunque siempre le había gustado su sabor agrio y
dulce a la vez, no dejó de sentir hambre.
Pronto olió algo,
algo que nunca había olido, era un animal que irremediablemente
caería entre sus manos, las cuales se cerrarían en su cuello frágil
y del cual comería, lo supo al instante. No era que jamás hubiera
olido o siquiera comido un conejo, era su capacidad para sentir a su
presa, para matar, destazar, se había convertido rapidamente en un
cazador.
Muy lejos quedó el
sueño que antes había atesorado, sobre construir junto con su
hermano grandes edificios que desafiaran las probabilidades de
sostenerse en acantilados y barrancos, ahora solo quería dos cosas:
cazar y a su hermano.
Así de sencillo,
cazar para vivir, vivir para cazar, no depender de nadie, tener todo
en un fusil o una caña de pescar, intercambiar sus presas por
verduras, sería una buena vida... si solo su hermano compartiera su
nueva filosofía.
Pero ¿y Alan?
¡Seguía en la cueva! De golpe recordó el sacrificio que había
hecho su hermano al no discutir sobre quién iría con el monstruo, y
empezó a correr en dirección de la guarida; pronto llegó al umbral
y se paró en seco, caminó unos pasos para acostumbrarse a la
oscuridad, y avanzó.
Lo que Joe encontró
en la cueva le erizaba los bellos: había decenas de cuerpos, en
descomposición, a algunos los recordaba, encontró incluso a su
padre, pero no vio a su hermano muerto, una loca esperanza lo
envolvió, “si no está en esta pila de sacrificio, entonces está
vivo”.
Mientras rebuscaba
entre los cadáveres apilados, escuchó una respiración agitada que
se dirigía hacia él. Dejó de hacer ruido, de moverse, y escuchó.
Pronto las dos respiraciones se hicieron una y Joe comprendió que se
había vuelto la presa del dragón.
Solo movió los
ojos, hacia los cuerpos, y se pudo percatar de que no presentaban
múltiples heridas, tal vez una sola herida de espada, más bien sus
cuerpos yacían ¿desinflados?
Claramente escuchó
que el dragón inició su cacería, al mismo tiempo él comenzó su
huida.
Durante cinco días
el dragón Alan asechó y el cazador Joe esquivó, ambos estaban
débiles, hambrientos, cansados, somnolientos; días en los que Joe
pudo constatar que tenía algunas de las habilidades del dragón, y
otras recién adquiridas propias de un experimentado cazador adulto.
¿Esas habilidades
le permitirían sobrevivir al animal? Definitivamente no deseaba
matar a su hermano ni morir bajo sus garras. Aunque los escondites
seguros empezaban a escasear, también la sed se hacía más intensa
y el hambre cada vez mayor y más debilitante.
Llegó finalmente el
día en que la presa permitió ser cazada, Joe dejó que Alan lo
atrapara, solo para dejarle caer una cuerda alrededor de su enorme
cuello, y empezó a asfixiar al animal. Ya sin oxígeno, Alan perdió
el conocimiento, Joe aprovechó para terminar de atraparlo entre
todas las sogas y cadenas que encontró en la cueva, después corrió
a la salida, provocó un derrumbe desde lo alto de la cueva, y dejó
atrapada a la fiera… pero no se marchó.
Mientras reconocía
de nuevo la zona, tomó agua, buscó qué comer y dónde refugiarse
en la noche, pero decidió no abandonar a su hermano, no en esas
condiciones, ni permitir que nadie volviera a sacrificar su vida para
derrotarlo.
Así estuvo día y
noche durante semanas. Los lugareños empezaron a buscarlo, y se les
hizo una costumbre llevarle de comer y acondicionarle su estadía,
con cobijas, trastes, lo que cada quien podía. No mencionaban ni a
Alan ni al dragón. Solo Joe había sobrevivido a la transformación
y no deseaba que alguien matara a su hermano, o que continuara esa
letanía de derrota y vuelta a aterrorizar.
Ya había pasado más
del mes, y una mañana escuchó gritos apagados, era Alan, de nuevo
humano, que luchaba por escapar de su encierro.
Algo con lo que no
contó Joe fue volver a abrir ese agujero. Sin embargo, la gente del
pueblo le vio, cuando se dirigían a llevarle sus alimentos y
rápidamente se dieron la voz de aviso entre ellos, viejos, viejas,
viudas jóvenes, muchachas y niños, solo eso quedaba, y precisamente
eso fue lo que le permitió a Alan escapar de su encierro.
Cerca del desmayo,
el antes dragón, Alan logró ver el rostro amado de su hermano, y
una infinita alegría le invadió, después solo hubo luz y paz.
The Grand Canyon Casino - GoyangFC
ResponderEliminarLocated in the heart of scenic Colorado, The Grand Canyon Casino 스마일먹튀 is within 포커 룰 a 5-minute 벳 플릭스 walk of 포커 테이블 Temecula Casino and the 하이 포커 Hard Rock Hotel.