El ser humano, en
general, se guía (demasiado, diría yo) por fechas:
En el año, que me
acuerde, están las indispensables: el 1 de enero, día de
recalentado y hasta regalos;
6 de enero, día de
Reyes, con rosca y algún líquido dulce y delicioso para tragarla;
14 de febrero,
cuando decimos a alguien (a quien sea) que es “nuestro Valentín”;
21 de marzo, se haya
ido o no el frío celebramos la Primavera;
30 de abril, hay que
festejar a los chicos por… porque sí;
10 de mayo, 10 de
mayo, día tan grande y primoroso… ¿quién no tiene madre?;
31 de octubre, día
de brujas, de dulces, travesuras, disfraces, sangre falsa;
2 de noviembre, día
de muertos;
y fanfarria especial
para el período de Guadalupe Reyes, donde el mexicano tiene posadas,
misas, novenas, fiestas, karaoke, excesos en comida y bebida, adornos
en casa, intercambios de regalos y un largo etcétera, donde corona
la inefable Navidad.
Claro que hay que
incluir el día del cumpleaños, aniversarios, fecha de quiebre con
el ex, el día en que hace 30 años falleció la tía Chofi, la
independencia, el día del afanador, de la secretaria, del
periodista, de la mascota, de la mujer (¡jajajai!), de no fumar, de
la bandera, de…
Y muchas veces la
gente se pone a gozar o a sufrir por fecha.
No está mal, pero
no lo veo sano cuando hemos de rememorar glorias y fracasos pasados,
gente que ya no está a nuestro lado, cosas que ya no podemos hacer.
Estar aquí y ahora
se refiere para mí a estar presente en el momento, la ocasión, sin
expectativas y sin sufrir, sobre todo sin sufrir “porque soy su
madre”, “porque hace 10 años me miró feo”, “porque hoy es
día del cirujano, ¡y yo quería ser cirujano!”.
Ya lo dijo Lennon,
“let it be”.
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