En mi primera infancia, en esa Reynosa que ya no existe, tuvimos perros como mascotas, la “Boni”, el “Negro”, son los que recuerdo. Nunca en mi vida me preocupó qué pasaba con sus desechos, o a quién afectaban.
La edad, la dinámica de la ciudad, mis estudios, me han hecho comprender que sí pasa algo con los desechos de las mascotas (y de seres humanos que defecan al aire libre, pues todavía los hay): esa materia orgánica se seca, descompone y pulveriza. Agreguemos agua, no la de la lluvia, que tenemos poca, la del aseo del frente de nuestras casas; ahora un poco de viento, y voilá, patógenos en el aire que respiramos.
¿Cuáles? Éstos son los que un estudio sobre microorganismos del aire en Monterrey, arrojó: bacterias, coliformes, hongos, cocos (Staphylococcus aureus) y un bacil Pseudomona aeruginosa. El estudio menciona que hay más “problema” en zonas con gran densidad vehicular y que la ciudad tiene riesgo moderado para la salud en los regios. Pero el riesgo existe.
Difícilmente moriremos si no recogemos los desechos de nuestro perrito, pero ahora agreguemos otro factor: desastres naturales. ¿Lluvias extremas? hemos tenido, ¿huracanes? también, ¿ríos desbordados? cada año, ¿sequedad extrema? bastante últimamente. Todo ello colabora para que los desechos se pulvericen más pronto.
Nuestro fecalismo urbano se puede evitar cargando una bolsita de plástico cada que sacamos a nuestra mascota, el de la gente que no tiene o baño o educación, esperemos que al menos ten Ahora me parece lo más natural del mundo recoger los desechos de mi “Tigre” (porque no es rallado) y llevarlo al basurero más cercano, y si como el periódico Publimetro tiene razón sobre la cantidad de perritos que se echan a la calle después de las Fiestas Decembrinas, me gustaría que pensaras 2 veces antes de hacerte de una mascota. Cada uno de nuestros actos, tiene consecuencias.
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